Lamono es la revista monográfica gratuita que más ilusión me hace encontrar por los bares de Gracia. Todos los artículos y reportajes giran en torno a un mismo tema y, entre una suerte de publicidad encalzada a modo de comentarios sobre moda/tendencias, siempre descubres algún fotógrafo/diseñador/bohemio que vale la pena.
El número de este mes gira en torno al silencio, y la razón es la tragedia de Haití. La introducción me dejó sin palabras. No es un texto pretencioso, ni cargado de ese sentimentalismo con el que la mayoría de medios se han rebozado las últimas semanas. Toma como punto de partida el silencio, algo que inicialmente nada tiene que ver con una hecatombe de estas características, para acabar recordando a nuestras consciencias la suerte que tenemos y poco valoramos.
Sin más, os dejo con mi envidia de esta semana.
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Esta semana hemos descubierto que el silencio salva vidas humanas.
Tras los muchos datos e imágenes que nos han llegado de la inmensa tragedia de Haití, hay uno que, por su poder evocador y metafórico, te atrapa y te hace, a su vez, permanecer en silencio.
Por lo visto, después de ese momento inimaginable en el que todo tu mundo se viene abajo, lo único que queda por hacer es intentar salvar las pocas vidas que todavía mantienen un último aliento atrapadas entre toneladas de escombros. Qué debe sentir una persona ahí abajo, maniatada, probablemente rodeada de cadáveres, debe ser algo difícil siquiera de imaginar. Sin embargo, en el mundo de los vivos, sólo una herramienta puede ser útil para salvar sus vidas: el silencio.
Según leíamos estos días, tras el descomunal temblor, ejércitos de personas rastreaban las humeantes calles de Puerto Príncipe a la búsqueda de supervivientes. Y como única tabla de salvación poseían el silencio. Imaginad toda una ciudad inmersa en la catástrofe, con miles de personas deambulando por encima de los cascotes. Imaginad todo ese sufrimiento soterrado. Y, arriba, los salvadores, intentando oír algo, algún rumor, algún grito ahogado, algo, cualquier cosa. Y todos, en silencio. Para intentar lo imposible.
Esta escena, puestos a imaginar, aparece como una de las más aterradoras de esta tragedia, porque tras la desolación, el impulso visceral del ser humano sería el llanto y el grito de rabia. Pero no se puede. Hay que intentar sacar a alguien.
Esto lleva directamente a una constatación. Cualquiera que haya vivido en mayor o menor medida una tragedia más doméstica y personal, sabe que viene inmediatamente acompañada del silencio. Un silencio lleno de incomprensión, de duda, de vacío. Ya no es necesario decir nada, ya no es necesario nada. Todo, por un momento, se esfuma bajo el peso de la nada. Y la muerte ocupa el lugar que le corresponde: dentro de nosotros, ahí arriba, clavada. Y las preguntas llegan a trompicones, todas de la mano, uniéndose finalmente en una: ¿para qué, entonces, tanta lucha inútil? Y todo es esclarecedor, porque sólo en esos momentos de oscuridad nos apercibimos con extrema claridad de la futilidad de nuestro organigrama.
¡Qué bien tejido está, y para qué poco vale!
Si quizá esos momentos que todos hemos de pasar sirven para respirar más hondo y darnos cuenta de que estamos respirando, algo habremos ganado. Y si no, volveremos de nuevo a nuestro mapa de cada día, naufragando en nuestros intentos de conseguir cualquier basura que nos haga sentir bien. Porque en el fondo no queremos pensar en la muerte. Pero si no la tenemos es cuenta, estamos muertos. Sin saberlo.
Si os habéis quedado con ganas de un poquito más de silencio, disfrutad del número completo. Os recomiendo especialmente los reportajes sobre la ilustradora Meyokoy la fotógrafa Simona Ghizzoni, descubierta en el último certamen de Photoespaña con su trabajo Días Extraños.
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